Oaxaca de Juárez, Oax, 19 de septiembre de 2026.- Al cumplirse un aniversario más del devastador terremoto que sacudió a la capital del país en 1985, el ámbito musical evoca la memoria de Rodrigo Eduardo González Guzmán, artísticamente conocido como “Rockdrigo”. Víctima del colapso del edificio donde habitaba junto a su pareja Françoise Bardinet, el cantautor dejó un vacío irreparable en el rock nacional, consolidándose tras su trágica partida como uno de los cronistas urbanos más honestos de la sociedad mexicana contemporánea.
De acuerdo con recopilaciones biográficas compartidas por cronistas musicales, la agudeza lírica del tamaulipeco tuvo su origen en su natal Tampico, donde su padre Manuel González le inculcó el gusto por el huapango y la improvisación de versos tradicionales. Ese sentido del humor y su destreza temprana con la guitarra lo llevaron a ganar un certamen regional de la feria local con el tema “De aquí de Tampico Soy”, antes de emprender el viaje que transformaría su carrera artística hacia el centro de la República.
Su llegada a la Ciudad de México en 1975 coincidió con una época de severa censura hacia el rock tras el fenómeno de Avándaro, lo que obligó a los creadores a refugiarse en la clandestinidad de las calles, colectivos urbanos y estaciones del Metro. Lejos de desanimarse por el caótico ritmo chilango, González adoptó la cotidianidad de las periferias como su principal fuente de inspiración, convirtiendo los vagones de tránsito en los escenarios interactivos donde perfeccionó su característico estilo de composición.
El legado formal del músico quedó plasmado en 1984 con el lanzamiento independiente de “Hurbanistorias”, un casete de distribución autogestiva que contenía doce cortes grabados por él mismo donde retrataba las peripecias y realidades del mexicano promedio. Con un sonido acústico crudo y letras cargadas de crítica social y sátira política, este material se convirtió en el manifiesto de una generación y en la pieza fundacional del movimiento de música rupestre en México.
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