El árbitro no sirve

El árbitro no sirve

Sencillo: si para 2018 el árbitro electoral decide proceder con las anquilosadas viejas jugarretas, alquimistas incluidos, será imposible evitar el desarrollo y consumación de un nuevo fraude electoral, mucho peor a de 1988 y más cercano al modelo de 2006. Da igual, en todo caso, si el objetivo de vulnerar la voluntad ciudadana se cumple.

Hace seis años, felipe calderón –quien encabezó el sexenio de la violencia y la parálisis, alcoholizado casi siempre-, tuvo un momento de inspiración al proponer una reforma electoral de diez puntos entre los que destacaba el imperativo de construir escenarios para una segunda vuelta electoral para el caso de que ninguno de los candidatos a puestos ejecutivos –la presidencia y los gobiernos estatales-, no fuera capaz la mitad más uno de los sufragios emitidos. Y así ocurre en buena parte de las naciones del sur del continente sin presagios de marabuntas inciertas.

En una democracia, sencillamente no puede gobernarse con una apretada minoría. Fíjense, más allá de los fraudes recurrentes, desde 1994 el postulante “vencedor” acumula más votos en contra que a su favor en cuanto a los comicios presidenciales. El señor Zedillo, el gran simulador, apenas alcanzó a rozar la media –con 48.77 por ciento- pero ni con toda la parafernalia del priísmo avasallante pudo sacar el cuello como sí lo hizo, apenitas, el usurpador Carlos Salinas al adjudicarse el 50.71 por ciento de acuerdo a la infectada versión oficial.

Lo más curioso de todo es que Vicente Fox, después de encabezar la más exitosa campaña por el cambio, encabezando un fenómeno de masas sin precedentes, solo llegó al registro del 42.52 por ciento de los sufragios emitidos aún cuando, en aquella ocasión, fue evidente la participación ciudadana y el llamado voto útil –no pocos de la izquierda votaron por la derecha con tal de que cayera “el muro” priísta-, lo que le colocó en el predicamento de enfrentar a un Congreso mayoritariamente en contra y, obviamente, paralizante y faccioso en grado mayor. En lugar de extender el diálogo y hacerlo público, Fox fue inhibiéndose, poco a poco, hasta desaparecer en cuanto a la toma de decisiones, dando lugar a un cogobierno no elegido por nadie y al consiguiente, y odioso, matriarcado.

Y todavía fue bastante peor en 2006 cuando el usurpador Calderón, con toda la estructura presidencial apoyándole como aceptó el señor Fox, solo pudo llegar al nivel del 35.89 por cierto por el 35.33 por ciento reconocido al icono de la izquierda, Andrés Manuel, en su segunda experiencia como candidato. Cuando éste protestó, lo recuerdo bien, surgieron los defensores que le hacían ver que el sesenta y cinco por cierto de los sufragios habían sido contrarios a su causa y favorables a otras opciones partidistas; y también la memoria no me falla y asimila cuando respondí a la diatriba con una simple ecuación:

–Si asumimos como verdad absoluta eso tendremos que aceptar que Calderón gobernará, cuando menos, con el sesenta y cinco por ciento de los mexicanos en contra. Son porcentajes similares diferenciados por la maquinación de poco más de 200 mil votos en los laboratorios políticos de Guanajuato, Jalisco y, muy posiblemente, Veracruz. No había siquiera necesidad de fraguar un fraude generalizado.

La Anécdota

Por desgracia, la soberbia de López Obrador –un defecto asumido hasta por sus cercanos, como explicación para quienes se enfurecerán porque lo señalo-, con quien hablé durante el plantón en el Zócalo convencido de la maniobra oficial contra él, no permitió desahogar la verdad porque con ella se vendría abajo la tesis de que la campaña, por él dirigida en todos los sentidos, había bajado de nivel en las últimas semanas al cometerse todos los errores concebibles, entre ellos el guerrear con Fox, quien no era el candidato, mientras despreciaba a sus adversarios no asistiendo a foros y debates con diversos grupos de opinión salvo uno, el final, cuando las encuestas inducidas daban un empate técnico o, de plano, anunciaban un rebase insólito de Calderón, faltando seis semanas para la jornada comicial, sobre quien fue puntero, en las mismas, durante casi dos años. Ningún politicólogo serio, externo o interno, ha podido, hasta hoy, explicarse tal fenómeno en términos democráticos y no en el de usureros de los escrutinios.

Fue clara, evidente, la consigna en pro del fraude.

Finalmente, ¿cuál es la dimensión de la culpa de los mexicanos en el desastre del periodo actual de gobierno? Pues si nos atenemos a las cifras oficiales, sin cita de los monederos electrónicos de Monex o las despensas de Soriana –financiera y almacén que debieron ser boicoteados por los electores amancebados y no lo fueron-, Enrique Peña Nieto rebasó los 19 millones de votos por más de doscientos mil, erigiéndose así como el mexicano más votado de la historia, superando, precisamente a Zedillo, quien atesoró diecisiete millones 300 mil sufragios. Qué mal olor despiden estos recuerdos.

Rafaél Loret de Mola
E-Mail:loretdemola.rafael@yahoo.com

Facebook Comments

Leave a Reply

Deja un Comentario

Tu dirección de email no será publicada. Required fields are marked *

*

BIGTheme.net • Free Website Templates - Downlaod Full Themes