LA OLA AZUL NO ES UNA REVOLUCIÓN, ES UN CASTIGO A TRUMP

El triunfo del Partido Demócrata en las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre de 2026 no se puede leer como un giro a la izquierda de Estados Unidos. Es, antes que nada, un voto de castigo contra Donald Trump.
Los demócratas recuperaron las dos cámaras del Congreso: se proyecta que obtendrán 55 escaños en el Senado y más de 250 en la Cámara de Representantes, muy por encima de los 218 necesarios para la mayoría. Ganaron en Texas, Kansas, Iowa, Ohio, las dos Carolinas y Maine, lugares donde hacía décadas que no ganaba un demócrata. En Kansas, por ejemplo, no ganaban un escaño al Senado desde 1932. Esa magnitud no se explica por amor al Partido Demócrata. Se explica por tres heridas abiertas del trumpismo: la inflación, el alto costo de los combustibles y la impopular guerra contra Irán.

La economía votó antes que la ideología

Hakeem Jeffries, el líder demócrata en la Cámara, ya había anunciado que su prioridad sería el alto costo de vida en las primeras 100 horas de mayoría. No es casualidad. El votante que en 2024 creyó la promesa de Trump de abaratar la vida, en 2026 vio lo contrario: precios altos, gasolina cara y un gobierno más preocupado por la guerra que por el salario. El castigo fue transversal. En Texas, James Talarico le ganó el Senado a Ken Paxton, el candidato de Trump, y Gina Hinojosa, de ascendencia mexicana, desbancó al gobernador Greg Abbott, en el cargo desde 2015. Entre los votantes hispanos, solo alrededor de un tercio apoyó al republicano para la Cámara, cerca de seis de cada diez eligieron al demócrata. Esa es la base que Trump había presumido arrebatar en 2024 y que ahora se le escapó.

El mapa cambió, pero el sistema no

Hay que celebrar lo simbólico: Abdul El-Sayed en Míchigan como primer musulmán electo al Senado, Keisha Lance Bottoms como primera mujer afroestadounidense gobernadora en la historia del país, Gina Hinojosa como primera gobernadora latina de Texas, Xavier Becerra como primer gobernador de origen latino de California en más de 150 años. Pero no confundamos representación con transformación. El Partido Demócrata ganó porque se presentó como el freno sensato a Trump, no porque haya propuesto romper con el imperialismo, con el complejo militar-industrial o con el poder de las grandes corporaciones.

De hecho, el nuevo Congreso podrá dictar la agenda legislativa, influir en el presupuesto e iniciar investigaciones contra Trump y sus allegados. Eso es un freno, y un freno es necesario. Pero un freno no es un motor de cambio.
La pregunta que queda para la izquierda, dentro y fuera de Estados Unidos, es incómoda: ¿los demócratas usarán esta mayoría para frenar la guerra contra Irán, para bajar de verdad el costo de vida, para defender a los migrantes que ellos mismos han deportado en otros gobiernos? ¿O usarán la mayoría solo para administrar mejor el mismo imperio?

Para México y América Latina, no hay que hacerse ilusiones

En Berlín ya celebran el triunfo como una “nueva oportunidad” para cooperar en Irán o Ucrania. En Madrid lo celebran como una “humillante derrota de Trump”. Europa respira aliviada porque prefiere un imperio predecible a uno caótico. Para nosotros, en México, esa es la lección: el Partido Demócrata puede ser menos grosero, menos abiertamente racista y menos errático que Trump, pero sigue siendo el partido del intervencionismo “democrático”, de los bloqueos, de las bases militares y de la subordinación de América Latina a los intereses de Washington. Celebrar la derrota de Trump es justo. Creer que con los demócratas llegó la justicia es ingenuo.

Conclusión: castigo sí, confianza no

El 3 de noviembre el pueblo estadounidense dijo basta al encarecimiento de la vida y a la guerra. Esa es una victoria popular que hay que reconocer. Pero el verdadero significado de esta elección no se decidirá en el Capitolio en enero, cuando tomen posesión los nuevos congresistas. Se decidirá en las calles, en los sindicatos, en las comunidades migrantes y en los movimientos antiimperialistas que no deben bajar la guardia.
Si los trabajadores y el pueblo norteamericano se conforman con la ola azul, en 2028 volverá otra ola roja, quizá peor. Si la aprovechan para organizar, para exigir y para construir una alternativa diferente a los partidos Demócrata y Republicano, entonces este triunfo de castigo podrá convertirse en algo más: en el inicio de un cambio real.

    • Adrián García Enríquez.

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