Octavio Lira Navegante
Colaborador invitado.
En estas geografías donde la política todavía conserva algo de teatro de provincia y mucho de drama nacional, el héroe aparece con puntualidad sospechosa: convoca, organiza, se entrega, se agota y, si el guion lo permite, termina convertido en imagen oficial con fondo de multitud bien encuadrada. La multitud aplaude; el cuerpo, con menos entusiasmo, toma nota.
Hay una pedagogía del sacrificio que ya debería tener jubilación, prestaciones y placa conmemorativa. Pero no: sigue en activo. En el siglo XIX se llamó patria, en el XX se llamó causa, y en el XXI sigue sin actualizar nombre, aunque ya acumula suficientes versiones como para sospechar que es un sistema operativo defectuoso. Mientras tanto, los problemas —muy disciplinados— continúan su carrera de resistencia sin intención alguna de resolverse.
“Desertar” suena mal en cualquier manual serio de ética política. Suena a traición, a retirada indebida, a alguien que apaga la luz antes de que termine la función. Pero quizá lo indecente no sea irse, sino permanecer en un reparto donde el sufrimiento es requisito de entrada y el desgaste, una forma de credencial.
La ciudad lo sabe, aunque no siempre lo diga en voz alta: mientras la plaza pública celebra la entrega absoluta, la vida cotidiana administra ausencias con una mezcla de paciencia y cansancio. Teléfonos que no suenan, mesas que se quedan servidas, promesas que se archivan sin trámite. La épica ocurre en escenario; lo demás ocurre en cocina, en transporte público, en la espera.
Desertar de los viejos problemas no sería entonces una fuga heroica ni una gran ruptura histórica. Sería algo más incómodo para las narrativas solemnes: dejar de aplaudir el agotamiento como si fuera virtud automática. Y aceptar, con cierta sospecha urbana, que lo colectivo quizá no nace del sacrificio interminable, sino de una terquedad más simple y menos gloriosa: la de seguir viviendo sin convertir la vida en una tragedia obligatoria.
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