Redacción || Amayrani Ibañez Herrera
En la Heroica Ciudad de Tlaxiaco, el comercio no es solo una actividad económica, es una forma de vida y para muchas familias, también es herencia.
Desde tiempos prehispánicos, Tlaxiaco ha sido un punto clave de intercambio en la Región Mixteca. Sus mercados no solo movían productos, articulaban comunidades.
El “Día de Plaza” reunía a personas de agencias, rancherías, municipios cercanos y también de otros más alejados. Ahí no solo se vendía, se construía algo en colectivo, se tejía comunidad.
Ese tejido tampoco era perfecto. Había tensiones: control de espacios, disputas, personas que se sentían dueñas de lugares públicos e incluso realizando cobros informales.
El mercado tampoco estaba exento de desigualdades.
A partir de la pandemia por COVID-19, las ventas se fueron en picada. Pero, de acuerdo con los testimonios de los propios comerciantes, el impacto más fuerte vino después.
Fueron retirados de los espacios donde tradicionalmente trabajaban bajo la promesa de una reubicación o nuevas condiciones de organización. Sin embargo, ese proceso estuvo marcado por más dudas que certezas, en varios casos, no hubo una fecha definida de regreso, ni una alternativa concreta donde reinstalar sus actividades. Con el tiempo, ese vacío empezó a pasar factura.
Algunos comerciantes intentaron sostenerse desde sus casas, adaptando sus ventas como pudieron. Poco a poco, la falta de un espacio fijo y la disminución del flujo de clientes comenzaron a afectar cada vez más, ya que para varias familias, el comercio dejó de ser sostenible.
Los ingresos cayeron.
Los gastos se mantuvieron.
Y los ánimos decayeron.
Algunos resistieron.
Otros no.
Con el tiempo, varios negocios cerraron de manera definitiva. Comerciantes que durante años habían vivido de esa actividad dejaron de vender.
Mientras tanto, las autoridades sostuvieron la necesidad de ordenar el espacio público y mejorar la imagen del centro histórico, particularmente en la Plaza de la Constitución, donde se ubica el reloj.
El argumento puede ser entendible; Pero en los hechos, lo prometido no pasó del discurso.
Muchos de los espacios alternativos resultan lejanos, con poca gente, con condiciones deficientes y, en algunos casos, implican el pago de rentas, lo que añade presión a economías ya debilitadas.
El mercado Ñuu Ya’vi, el de San Miguel sigue ahí. Existe la estructura, pero no termina de funcionar en la dinámica real de la ciudad. Para muchos, se ha convertido en lo que ya se dice sin rodeos: un elefante blanco.
Hay quienes exigen regresar al centro histórico.
Hay quienes defienden el orden actual.
Lo que está en juego no es únicamente un espacio físico de venta, sino una forma de organización social que durante años sostuvo la vida cotidiana de la ciudad.
Hoy, pareciera que esa lógica se está debilitando.
La pregunta de fondo no es solo si los comerciantes deben o no regresar al centro, es:
¿Qué pasa cuando se retira a las personas de su lugar de trabajo sin una alternativa clara? ¿Qué pasa cuando una forma de vida deja de ser viable?
Porque los monumentos claro que importan.
Pero también no olvidar a las personas que han sostenido la vida alrededor de ellos.
Y cuando esas personas desaparecen del espacio cotidiano, lo que se pierde no siempre se puede recuperar.
En Tlaxiaco, el mercado nunca fue solo un mercado. Y lo que hoy está en juego tampoco es solo dónde se vende.
Es cómo una ciudad decide sostener —o dejar caer— a quienes la han construido.
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