Precariedad laboral y la juventud en México

El fin de semana realicé algunas compras, y no pude adquirir todo lo que necesitaba, gasté mucho en comparación con la cantidad de artículos que compré.

Recordé cuando era estudiante, y pensé que podía comprar un poco más que hoy. ¿Cómo es posible que, siendo un estudiante, tuviera más de poder adquisitivo que siendo ya un profesionista? Esto me resuena siempre que platico con amistades.

Escucho cómo las condiciones laborales son precarias y extenuantes para los jóvenes; los empleos distan mucho de un trabajo digno según la Ley Federal del Trabajo, pues no ofrecen prestaciones, seguridad social, servicios de salud ni un salario suficiente, y son contados los centros de trabajo que mantienen jornadas laborales de ocho horas y pago de horas extras.

De acuerdo con el INEGI, aunque en diciembre de 2021 se registró un aumento en la Población Económicamente Activa (PEA) esto no significó que la causa fuera un mayor número de empleos porque, a la vez, hubo un incremento en el trabajo independiente (22.9% de la PEA) y en el trabajo informal (56.5%).

Pero ¿qué significan estas cifras? Que muchas personas, incluidas las recién egresadas, recurren a estos esquemas porque los trabajos formales no proveen lo necesario para vivir, ya que, a las jornadas laborales se suman las horas de traslado, el costo del pasaje, la inseguridad y las condiciones urbanas deterioradas en los territorios en los que se vive.

Lamentablemente, el trabajo informal y el independiente tampoco aseguran una vida digna a la juventud, pero resulta una manera de sobrevivir.

Junto con estos datos, contrasto mi experiencia con la noticia sobre el aumento al salario mínimo (SM). Si bien, del 2018 al 2022 ha aumentado en un 71%, el SM alcanza para cubrir solamente la mitad de la canasta básica para una familia de cuatro personas, necesitando un salario mínimo de $750 diarios para solventarlas de manera estable, de acuerdo con lo señalado por el doctor Miguel Calderón Chelius, director del Observatorio de Salarios de la Universidad Iberoamericana en Puebla.

Esto significa que, el aumento que hemos observado es favorable, sin embargo, este incremento no se ve reflejado de manera directa en los salarios de profesionistas, como las personas con educación superior y posgrado.

¿Por qué ocurre esto?
Antes de 1976, con el desarrollo estabilizador, se pudo observar un crecimiento sostenido en los salarios. Después de eso, las crisis subsecuentes, sumando la inflación de 2013 y el cambio en la política salarial, se observó un decremento importante en el poder adquisitivo, siendo este un 82% menor de lo que era en 1976.

Podría pensarse que, al incrementar o decrecer el salario mínimo, el resto de los sueldos se comportaría de acuerdo con estas variaciones, puesto que el salario mínimo funcionaría como un punto de partida, pero no fue así.

Con el modelo neoliberal el SM decreció, pero, en términos reales, se mantuvo en un mínimo de pérdida. Contrariamente, el ingreso de los puestos gerenciales de grandes corporaciones incrementó de manera extraordinaria, generando una brecha salarial muy amplia con respecto de los salarios que quedan intermedios entre el mínimo y aquellos privilegiados, es decir, los salarios de egresados, profesionistas y posgraduados.

De acuerdo con información de Miguel Reyes, profesor investigador de la IBERO, a partir del 2005 es cuando se observa una gran pérdida en los sueldos de las personas con mayores niveles educativos.

Estos datos y la propia experiencia ponen en duda la idea de que estudiando y teniendo mayor preparación se obtendrá un mejor nivel de vida, y desmontan el mito del mérito, la movilidad social y el esfuerzo escolar.

En efecto, tener estudios universitarios no es sinónimo de mayores ingresos, al contrario, es garantía de sumarse a los millones de trabajadores en la misma condición.

Contestando mi pregunta inicial, ser egresado me posicionó en un mercado laboral con condiciones adversas donde la pérdida de poder adquisitivo general y el aumento a los precios afectan de manera directa.

Ante estos datos y conociendo mi papel en el ámbito laboral, no queda más que exigir los derechos que como trabajadores nos corresponden, porque con datos, estadísticas y percepción, no estamos en condiciones de aceptar menos.
Por Amir Paredes Almaraz*

Politólogo – UNAM
Twitter: @Amir_pa_al

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