Una historia bien contada

Autor: Ameyalli Valentín Sosa
Politóloga- UNAM
Twitter: @AmeValentinS

Me topé por accidente con un filme bastante curioso, una de esas historias bien contadas, su nombre “Megan Leavey”. La película del año 2017 a cargo de la directora estadounidense Gabriela Cowperthwaite traza la historia de una marine de los Estados Unidos y su compañero canino en sus designaciones en la guerra de Irak. Ahora, ¿por qué reflexionar sobre un drama de este estilo?
En realidad, aunque siempre son aplaudibles las creaciones artísticas y cinematográficas de mujeres, hay que recordar que el cine muchas veces no es neutral, que detrás de las narrativas que en él se enmarcan hay historias poderosas y valores que se desprenden de maneras hegemónicas de ver el mundo y de ser en lo social.

Aquí es necesario hacer una pausa para recordar algo: las imágenes son artificiales y hechas para ser vistas. Me explico mejor: toda imagen es enmarcada, producida, hecha por alguien para ser vista. En este sentido, es importante recordar que no vemos con los ojos sino con nuestra mirada pues aunque suenen parecido no son lo mismo, los primeros dependen de una cuestión biológica y la segunda de una carga simbólica y artificial. Pare reforzar esta noción artificial de la imagen y la mirada cito al académico mexicano Cesar González Ochoa:
“La visión humana no es un simple reflejo neurológico de una cadena causal que empieza con un haz de luz sobre el ojo y termina en el córtex; aunque esta cadena sea una condición necesaria para la visión, la visión misma es una práctica humana: vemos nosotros, no nuestros ojos, ni la porción visual del córtex, ni siquiera nuestro sistema neurológico completo; vemos nosotros, como seres humanos, como agentes cultural e históricamente desarrollados y diferenciados. La visión humana es algo construido, es el producto de nuestro propio hacer; es un artefacto histórico y cultural, creado y transformado por nuestros propios modos de representación”.

En este entendimiento, ver cine e imágenes (y crearlas), se vuelven procesos complejos y nada neutrales. En el filme al que refiero, al igual que en muchas otras producciones, se subrayan de manera evidente algunos valores y prácticas. No es aventurado enunciar entonces que en el cine estadounidense (así como en otros tipos de cine) existen temas recurrentes que no son nada azarosos y que cumplen un papel importante en el imaginario social, como los valores del patriotismo, heroísmo y nacionalismo; no en vano el iraquí es el violento, el enemigo a vencer, quien es un peligro para la democracia, las libertades y el individuo.

Pero aparte del descubrimiento accidental del curioso del filme, ¿por qué hablar de cine de guerra estadounidense en este momento? ¿Por qué alertarnos acerca de la artificialidad de la imagen? Porque el 21 de enero cumple un año el gobierno del presidente estadounidense Joe Biden y su aniversario se enmarca en la reaparición pública del expresidente Trump y su nuevo lema “Save America”, y con los matices grises necesarios, hay que comenzar a seguir con lupa porque es innegable que el país vecino dicta en gran medida la agenda mediática y de discusión, y es probable que habrá centenares de imágenes enmarcadas, dirigidas a nosotros como receptores.

A partir de las imágenes podemos rastrear e identificar relaciones de poder, son de alguna manera representaciones particulares del mundo. ¡Hay que tener cuidado! Porque el peligro en olvidar que toda imagen es creada y artificial nos puede obviar discursos de poder en una historia bien contada.

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