Lechuga para solteros

La infancia existe para que la vida adulta se vuelva misteriosa.

La infancia existe para que la vida adulta se vuelva misteriosa. No es lo mismo conocer hoy a un penalista que haberlo conocido cuando tenía seis años y se dedicaba a matar hormigas y a veces a comérselas (lo interesante no es que un niño haga eso, sino que lo haya hecho un experto en leyes).

De vez en cuando, las noticias de ex condiscípulos del Colegio Alemán hacen que el pasado sea una curiosa explicación del presente. El inolvidable Peter Hopf usaba pantalones cortos de cuero (los Lederhosen del folclor germano) y gruesas calcetas color esmeralda. Su cuerpo alto y delgado parecía hecho para el salto de garrocha y su mente para la envidiable solución de problemas matemáticos. Muchos años después lo encontré convertido en un señor inmenso, que de manera paradójica confirmaba lo que había sido en la niñez. Se había enriquecido gracias a intrincados cálculos. Descubrió que los lagos y los pantanos de México están llenos de moscos que no le interesan a nadie en esas aguas estancadas, pero pueden hacer las delicias de los peces tropicales en los acuarios de Alemania. Llenó un cuaderno con sumas y restas, y se convirtió en millonario proveedor de mosquitos. Su silueta se transformó en la de un hombre rubicundo. Como el destino siempre es lógico, pensé que esa figura de madurez era el símbolo perfecto de alguien que le encontraba valor nutritivo a lo más pequeño y que su escuálida constitución anterior había sido la preparación ideal para convertirse en su anhelado contrario. Murió poco después de este encuentro, dejando un hueco en la generación del tamaño de su bien ganada corpulencia.

Hace poco, otro compañero de infancia, a quien por discreción llamaré Hans Dietrich, me puso en contacto con una nueva costumbre alemana. Vive en Múnich, donde el coronavirus lo sorprendió en su reciente viudez. Gracias a Facebook restableció contacto con amigos de otro tiempo, pero fuimos de poca ayuda para aliviar sus breves días en el invierno bávaro.

En mi memoria, Hans seguía siendo el fanático del Lego que tenía una modesta caja de 250 piezas. Armaba maravillas con una paciencia que desesperaba a cualquiera. Ir a su casa significaba jugar a trabajar.

Naturalmente, destacaba en los estudios y tomaba los desafíos como una diversión. En el Colegio debíamos estar preparados para una prueba en cualquier momento, pues nunca avisaban que tendríamos examen. Al entrar al aula, encontrábamos sobre los pupitres los temibles cuadernos azules del examen sorpresa. En ese momento, una sonrisa diagonal cruzaba el rostro de Hans. Su piel despedía un leve olor ácido, como si exudara un ansioso deseo de soluciones.

No se dedicó a la previsible ingeniería. Dirige en Múnich una compleja oficina de colocación de empleos, reubicando a la gente con la precisión con que ensamblaba las 250 piezas de su primer Lego.

Sus hijas viven en el norte de Alemania. Esto reforzó su soledad en una ciudad construida como un magnífico pretexto para beber cerveza donde todas las cervecerías estaban cerradas.

Para su fortuna, Alemania somete los desastres al orden. En la cercana ciudad de Volkach, el supermercado Edeka tomó en cuenta a los corazones solitarios. ¿Cómo ligar cuando no se puede invitar a nadie a un bar o a una función de El anillo de los nibelungos? Ante este predicamento, el súper decidió que los viernes, de 18 a 20 horas, las legumbres se vendieran en favor de los solteros.

Cada cliente lleva en la solapa un corazón de papel con un número. Si alguien le interesa, se dirige a la caja para concertar una cita por el micrófono de las ofertas: «Quisiera conocer al corazón 21 en las sandías». De acuerdo con Hans, el sitio de encuentro es decisivo. Los precipitados se citan en la sección de licores, los pretenciosos en la mesa de delikatessen, los aburridos en el cajón del apio. Él se convirtió en ligador cereal. Dependiendo del carácter de la chica en cuestión, ofrecía distintas versiones de sí mismo: en un caso privilegió la granola orgánica; en otro, rosquillas multicolores de fantasía pop; incluso simuló simpatizar con las hojuelas altas en fibra.

¿Puede el amor prosperar de esa manera? Todo indica que sí. Hans Dietrich ya no va al supermercado ni finge que le interesan distintos tipos de cereales. No sé cómo se llama su pareja, pero la conoció con el corazón 250.

Por: Juan Villoro

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