Fotografía: Especial.

DE REGRESO A LA REALIDAD; MEDIO SIGLO ESTANCADOS EN EL FÚTBOL

Iván Flores Noriega.

Colaborador.

Hace 56 años, la Selección Mexicana de fútbol tuvo su primera experiencia como anfitriona de una Copa Mundial. Tras una competencia de 16 selecciones, obtuvo un digno octavo lugar al caer 4-1 ante Italia. Nada mal para una nación que apenas se estaba construyendo en el ámbito deportivo y que buscaba convertirse en potencia dentro de la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Fútbol (Concacaf).

Dieciséis años después, el Tricolor volvió a ser anfitrión y, en una competencia de 24 equipos, repitió la «hazaña» de quedar entre los primeros ocho, luego de perder en penales ante Alemania en 1986. Llevamos medio siglo buscando colarnos entre los cuatro mejores países de la orbe. Después, el sueño se redujo a, por lo menos, emular el famoso quinto partido o los cuartos de final, que ahora serían el sexto juego debido al formato de 48 selecciones.

Qué mejor oportunidad para hacer historia y romper paradigmas que tener cinco partidos como local, tras las migajas de Mundial que nos dio la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA). El romanticismo fue ganando terreno: tres partidos, tres victorias; líderes de grupo y sin recibir gol; homenaje al mejor portero en nuestra historia mundialista, Francisco Guillermo Ochoa. Las redes sociales explotaron y los aficionados de ocasión colapsaron los festejos.

Algunos medios de comunicación maquillaron que llegamos al quinto partido, pero omitieron decir que era la misma instancia de siempre. Compramos la ilusión de que, sin un «10» natural y con un entrenador que ya nos había fallado groseramente en Corea-Japón 2002 y Sudáfrica 2010, ahora sí se reivindicaría. Junto con un joven de 17 años y un colombiano naturalizado —quien fue el que le puso el pecho a las balas— parecía suficiente para olvidar la corrupción que mueve a nuestro balompié y dar el siguiente paso.

No nos quedamos a once pasos de la gloria, ni nos eliminaron por un error arbitral o por fallar frente al arco. Si queríamos eliminar a los piratas, teníamos que sacarlos de aguas profundas y hacerlos pelear en tierra, hacerlos sentir incómodos. Ahora no era el corsario Sir Francis Drake, sino un veterano Harry Kane.

Y 100 millones de mexicanos, que nos sentimos directores técnicos a la hora buena, nos dimos cuenta de que a «Santi» Giménez le pesa la Verde; que «Memote» solo era opción si jugábamos a las 12 del día; que a los ingleses les jugamos media hora con un hombre de más, pero buscamos hacerles daño por aire y no con el balón al piso y la picardía que caracteriza al latino. Quienes podían hacerlo, uno salió de cambio y el otro no tuvo oportunidad, tal vez porque unas chelas de más en días anteriores se lo impidieron: Julián Quiñones y Alexis Vega.

El Estadio Azteca tampoco pesó. Una hinchada que tenía que saltar durante 90 minutos, quedarse sin voz para alentar e intimidar al rival, y mantener intacta la fe de que en cinco minutos se podía revertir la historia, como en ese santuario lo hizo el América en más de una ocasión. Pero, en lugar de eso, muchos estaban tomándose la selfie y avisándole al mundo que tuvieron el privilegio de ingresar a un espectáculo cuyo boleto costó de 75 mil a 220 mil pesos en taquilla y hasta 1.5 millones de pesos en reventa, con permiso de la FIFA.

Medio siglo después de nuestro primer Mundial como anfitriones, tras análisis cualitativos y cuantitativos, los números no mienten. Por diversos factores estamos peor que antes. Ahora ni con toda la maquinaria publicitaria pudimos llegar a los cuartos de final. Al final, las lágrimas del aficionado solo se transformaron en pesos para los empresarios que hicieron del balón un negocio redondo.

Check Also

«México en mi corazón»: embajador de Noruega invita a apoyar a su selección

Redacción, 11 de julio de 2026.- A unas horas del duelo entre Noruega e Inglaterra ...

Recent Comments

No hay comentarios que mostrar.