Río: la violencia debajo del tapete

Río: la violencia debajo del tapete

Las favelas en esta ciudad tienen su propia competencia de proporciones olímpicas. Se llama pacificación.

Mientras Río se alista para recibir la mayor justa atlética del mundo -que arranca el próximo 5 de agosto-, los barrios marginales cariocas libran una lucha contrarreloj para erradicar un mal endémico: la violencia. Sin embargo, ante las prisas, la táctica oficial ha sido, cuando menos, cuestionable.

Entre enero y abril de este año, 238 personas han muerto a manos de la Policía, según denuncia un informe reciente de Amnistía Internacional (AI).

Desde que Río fue escogida como la sede de los Juegos Olímpicos, en 2009, las fuerzas de seguridad han matado a 2 mil 469 personas en todo el estado.

“Pensábamos que (la violencia) iba a acabar, pero no acaba. El problema está escondido debajo del tapete”, lamenta Helena Sousa, quien vive en la favela de Babilônia.

“Prometieron mejorar la seguridad para todos. Pero en vez de eso vemos cómo la Policía ha matado a 2 mil 500 personas sin apenas consecuencias”, criticó el presidente de AI en Brasil, Atila Roque.

Pero la impunidad con la que actúa la Policía es tan solo uno de los factores que agrava una situación casi bélica en muchos barrios de Río de Janeiro.

Bienvenidos al infierno
La profunda crisis económica que afecta a Brasil y en especial al estado de Río -que roza la bancarrota- también tiene sus consecuencias en el aumento de la violencia.

El Secretario de Seguridad local, Mariano Beltrame, ha admitido públicamente que no tiene los recursos que requiere su dependencia.

Este año, el departamento sufrió un recorte de 32 por ciento del presupuesto, y el pasado 28 de junio, varios policías civiles se declararon en huelga.

“Bienvenidos al infierno”, decía un cartel sostenido por agentes en el aeropuerto carioca ese día. “Quien venga a Río de Janeiro no está seguro”.

Los policías enfrentan una falta tal de recursos que algunos han pedido donaciones de plumas, artículos de limpieza y hasta papel de baño.

Mientras, en los cuatro primeros meses del año, el número de homicidios en Río aumentó 15.4 por ciento respecto al mismo periodo de 2015, de acuerdo con datos del Instituto de Seguridad Pública.

Una esperanza militarizada
Este no era el plan de Río de Janeiro para cuando llegara 2016.

En 2008, las autoridades estatales lanzaron el proyecto de pacificación de favelas, que pretendía instalar bases permanentes de la Policía Militar en dichos barrios marginales, controlados por diversas facciones de narcotraficantes.

Una de las primeras favelas en ser pacificada fue la de Babilônia, encaramada en una colina justo frente a la famosa playa de Copacabana.

Helena de Sousa vive ahí desde hace 25 años y ha sido testigo de los cambios que ha vivido su comunidad.

“Cuando llegué estaba muy mal, no había escaleras para subir, era un camino de piedras. Con la llegada de la UPP (Unidad de Policía Pacificadora) mejoró bastante”, asegura la carioca.

Babilônia, igual que Vidigal o Santa Marta, son favelas con una localización envidiable; pequeños reductos de viviendas humildes incrustados entre Botafogo, Copacabana e Ipanema, los barrios más cotizados de la ciudad.

De ahí que, desde el principio, el proyecto de pacificación fuera visto con buenos ojos por parte de los inversores, que buscaban convertir a Río de Janeiro en un centro turístico de primer orden, según cuenta el sociólogo Ignacio Cano, de la Universidad Estatal de Río de Janeiro.

La instalación de las UPPs se extendió rápidamente con gran aceptación por parte de la opinión pública, que veía esperanzada cómo por fin la ciudad parecía estar más cerca de encontrar la solución definitiva al problema de la violencia.

En poco tiempo se instalaron 38 unidades, beneficiado a 1.5 millones de personas, y los índices de violencia cayeron drásticamente.

Por primera vez, hasta los turistas empezaban a adentrarse en las favelas.

Tan solo en Babilônia, por ejemplo, en los últimos años abrieron una decena de hostales gracias a esa nueva sensación de seguridad.

Pero el plan no tardó en agrietarse.

Narcotraficante o comandante
El “Caso Amarildo” marcó un antes y un después.

En 2013, Amarildo de Souza, un albañil de 47 años de edad, habitante de la favela de Rocinha, desapareció después de ser llevado a testificar a la comisaría de la UPP.

Poco después, más de 20 policías fueron acusados de tortura, ocultación de cadáver y fraude procesal.

El escándalo fue un duro golpe al proyecto de pacificación.

“Desgraciadamente, la periferia de Río está plagada de casos así que no salen en los titulares de la prensa”, apuntó Cano.

Ana Paula perdió a su hijo en la favela de Manguinhos, cuando salía de casa para ir a buscar a su novia.

“Jonathan no estaba armado, no era un criminal. La Policía lo mató con un tiro por la espalda.

“No es posible que buena parte de la sociedad aplauda este tipo de actuaciones. Mientras haya ese respaldo, ellos continuarán matando, tienen total impunidad”, lamenta entre sollozos la brasileña.

Para el sociólogo de la Universidad Estatal de Río, el fallo del proyecto es más hondo, porque la Policía entró a las favelas, pero no así los hospitales, las escuelas o las redes de drenaje.

“Además, no ha habido una institucionalización de las relaciones entre los habitantes y la Policía, no ha habido un cambio de doctrina”, explica Cano.

Así, donde antes mandaba un narcotraficante, ahora manda un comisario.

‘Nuestra voz no vale’
El Gobierno no se cansa de repetirlo: la seguridad de atletas y visitantes a Río de Janeiro este verano estará garantizada.

Cerca de 85 mil agentes, entre policías y militares, participarán en un dispositivo especial diseñado para las Olimpiadas.

“Creo que en los Juegos Olímpicos no habrá problemas, pasará igual que en el Mundial de futbol. Habrá mucha seguridad en la calle.

“Todo saldrá bien, si Dios quiere”, profetiza Helena desde su favela.

Sin embargo, los cariocas temen que después de las Olimpiadas, el sueño de una ciudad más pacífica se desvanezca por completo.

“Gritamos, pero nuestra voz no vale, porque somos de la favela, porque somos pobres, porque somos negros”, dice con rabia Ana Paula.

Y es que el país está envuelto en una magna crisis política que podría dejar a los brasileños sin Presidenta, con una recesión económica que aprieta cada vez más a los brasileños, y con la amenaza constante del virus del zika -que ha hecho de Brasil su epicentro-.

Por esto, el gigante sudamericano podría desplazar a un segundo plano el problema de la violencia en Río de Janeiro.

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Mario Martínez
Reportero Multimedia. Lic, en Periodismo y Comunicación Colectiva,

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